2015 in review

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Window

El viento aúlla “love is pain, love is pain, love is pain” hasta la eternidad. El lamento se filtra a través de las grietas de mi viejo castillo. O acaso debería decir torre. La torre en que me encierro lejos de los ruidos mundanos, de las caras humanas, del recuerdo y del futuro. La torre en la que el tiempo es un poco más soportable. Sin seres humanos todo es más llevadero, aunque uno no se pueda deshacer jamás del dolor y del hambre cruel.

Me siento a pasar inútilmente las horas en mi trono de piedra. Es frío y duro. Es, a ratos, aterrador. Pero siempre es mejor que todo lo demás. Por eso me da lo mismo el viento aullando, la gelidez de los muros desnudos, la torre desmoronándose un poco cada siglo, el silencio… Ah, no, no siempre el silencio. A los ratos necesito llenar de ruido mi cabeza, para no pensar, para no sentir. Para no reconocer.

Nunca pensé que decir adiós podía ser tan doloroso. Creedme, lo es. En toda mi extraña existencia no me había sentido así jamás. Y no quiero sentirme así. ¿Nada ni nadie puede devolverme a mí misma? No cambia nada y cambia todo. No he salido de la torre en cientos de años, y me resisto a hacerlo (pain, pain, pain). Pero el pain ha llegado igualmente sin necesidad de salir, sin querer salir. ¿Por qué?

I’ll put the blame on the window. For sure, believe me. 

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I can’t sleep no more

El Hotel Mental es demasiado confortable. Y, por eso mismo, resulta difícil dormir en él. Cada vez más. La cama es demasiado grande. Demasiado mullida. Excesivamente cómoda. La habitación es la habitación más silenciosa y acogedora que pueda existir, a pesar de las grietas en la pared y el techo y las humedades insanas que proliferan sobre todo lo que allí hay. Puede parecer desolador hasta que uno se mete en esa cama y entonces lo comprende todo. Una vez allí ya no quieres moverte de allí. La vida ahí fuera es demasiado ruidosa, demasiado rápida, demasiado triste. Aquí todo se estanca y avanza lentamente. El tiempo se disfruta más, aunque por esa misma razón lo disfruto menos.

Dormir.

Un acto cada vez más deseable pero cada vez más inútil y difícil. Dormir. Pero tengo que dormir, aunque sólo sea para engañar al tiempo durante unas pocas horas de mi vida. Y no me estoy refiriendo a las de sueño.

Correr. En el Hotel Mental no se suele servir desayunos. Si tienes suerte, puedes conseguirte un desayuno continental. Si tienes suerte. Es decir, si alguien ha comprado pan y mantequilla y leche y café y mermelada y se ha tomado la molestia de prepararlo y llegas a tiempo. El tiempo es la clave de todo en todo y para todo.

Llegar a tiempo. ¿Es posible tal cosa cuando ya llegas tarde a todo? Señor Nicholl, le echo de menos. Me gustaría haber ido con usted a ver a Rimbaud a África. O, quizá, mejor no haber ido. Habría resultado desesperante y, al fin y al cabo, su vida terminó, paradójicamente, en Marsella, una sucia y decadente ciudad que destestaba a pesar de que ahora creo que le representaba perfectamente. Es posible que por eso la detestase: porque era muy consciente de cuánto ese lugar tenía que ver con él. Y con el sarcasmo que representaban todos sus esfuerzos por ser apreciado por su madre. El duro, frío y cínico Arthur, como todos, necesitaba sentir el calor de una madre. Pero la suya nunca estuvo. Nunca suficientemente. Nunca. No tengo ganas de poner jamás el pie en Marsella.

No necesito respirar ese aire enrarecido y vetusto y que la decadencia y el fantasma de Rimbaud me opriman. Para eso ya tengo el Hotel Mental y los susurros acariciantes, terribles, de Mr. Nicholl.

Algo imperdonable y terrible debo de haber hecho, aun sin haberlo hecho yo. Lo sabes, Catherine.

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El amante de Cholen

Muchos años después, como más de veinte, revisito al amante de Cholen. Todavía es todo como lo recordaba, aunque él ahora quizá me parece más frágil y menos viril que entonces. Ha sido extraño sentir lo mismo tanto años después. Emociones mezcladas, recuerdos agridulces, los años transcurridos implacablemente en vano. Pero no tan en vano: los amantes, los años, la vida confirman lo que estaba ya ahí hace tantos años. Incluso Marguerite me parece menos indiferente, más digna de compasión. Era una niña y fue su primera historia de algo que podríamos llamar amor. Estaba confusa y triste, ella no sabía mucho de la vida. Sí que sabía mucho de su madre, de sus hermanos, de esa insana vida en esa insana familia en esa insana colonia francesa de la que huyó para huir de su madre y de su propio ser miserable.

La niña tenía una relación de amor odio con su madre. Incluso dice que su madre era hermosa. No, no lo era. Recuerdo una rara foto que vi un día, no hace mucho. Está ella con su madre. Es una foto de su infancia y su madre ya tiene la pinta de loca desquiciada que uno se imagina a través de los ojos de ella. Sin embargo, confieso que esa foto me sorprendió: esperaba ver una mujer impostándose a sí misma, aunque sólo fuera para la posteridad a la que la condenaba esa foto. Esperaba ver una mujer repeinada, remaquillada, recubierta de una falsa y orgullosa dignidad. Y no. La mujer de la foto es sólo una pobre mujer desquiciada haciendo lo que puede para salir adelante con sus hijos con locas empresas a orillas del Mekong. Una mujer pasada de peso, desaliñada, con el moño despeinado y canoso, con la mirada triste y cansada. Acaso ésa era la foto a que se refería ella. Sea como fuere, haber visto esa fotografía recientemente ha hecho que hoy mi imagen de su madre haya sido distinta de la que me hice en su día.

Tampoco recordaba la historia del falso castillo, los corderos durmiendo alrededor de su cama durante las heladas y las incubadoras en el salón, donde una mala manipulación de los infrarrojos condujo al nacimiento de 600 pollos malformados, incapaces de alimentarse por sí mismos, muriendo a puñados e inundando el lugar con los olores de su descomposición mezclados con los del desagradable pienso. La historia de los pollos me ha traído al recuerdo la escena del libro de Chuck Pahlauniuk, Asfixia, donde en una miserable feria corretean un montón de desgraciados pollos mutantes, también deformes. ¿Acaso Chuck encontró su inspiración en el experimento de la enloquecida madre de Marguerite?

En cualquier caso, el de hoy ha sido un viaje triste. Acaso más que el que hice en su día. Porque, repito, han pasado más de veinte años, se acumulan cosas, hay cosas que duelen más ahora, es curioso. Uno piensa que se curte con los años pero no es así, al contrario. Los años te hacen más consciente. Y es la consciencia lo que hace que veas las cosas con más sentimiento, o con más desolación. Y si a eso sumas las cosas de los años transcurridos, la devastación es inevitable. También hay cosas que misteriosamente entonces entendía demasiado bien, sin tener en realidad nada en qué sustentar ese conocimiento. Ahora puedo entenderlo todo, pero ya no tiene mérito. Ahora ya tengo referentes vividos en mis propias carnes. Resulta imposible ser un joven genial cuando pasas de los cuarenta y, aunque no quieras y hayas vivido poco, por poco que haya sido, ya ha sido más que lo que viviste a los veinte. Pienso en Rimbaud, cómo no podría pensar en él. Pasé un verano muy intenso con él hace unos pocos años. Pienso en Radiguet. Pero a Radiguet me resisto a releerlo, de momento no quiero. Radiguet fue devastador en su día. Lo más devastador es que leerle fue constatar su genialidad, esa genialidad que ya nunca voy a experimentar ni dar al mundo. Claro que esos jóvenes genios brillan con gran intensidad para apagarse bruscamente, inexplicablemente, poco después. Radiguet tuvo una muerte absurda justo al ir a cumplir los veinte años: la gripe se lo llevó en un tiempo en el que la gente aún moría de cosas como esa. Hoy en día parece una broma, pero así era. Rimbaud tardó más pero cuando finalmente murió, era otro. El Rimbaud genial que escribió su obra inmortal a los diecisiete años, hacía mucho que había muerto.

Rimbaud se hastió de sí mismo. Radiguet no tuvo ocasión. Marguerite lloró interiormente hasta el fin de sus días por su amor truncado. Ese amor extraño. Sólo en su madurez y vejez pudo darse realmente cuenta de cuánto habia querido al chino de Cholen. Pero Marguerite era una mujer dura y adusta, implacable, tanto consigo misma como con los demás. Su historia es una historia muy triste, hace que te dé mucha lástima. Cierto es que eran otros tiempos, y que su amor era imposible y estaba condenado desde el principio. Ella lo sabia desde el primer momento, desde que el chino le ofreció un cigarrillo en el transbordador. Ella era más fría, más cerebral, más calculadora que él. Por eso ella pensó entonces y también después que no le quería, pero se equivocaba. Claro que le quería, pero a su manera. Una manera contenida, fría, distante, anhelante, digna, orgullosa, carnal, naïf a pesar de todo. Consciente. Y, mientras, él sufría.

Los grandes amores siempre comportan que uno de los dos sea un juguete del otro.  Pero, en la historia del amante de Cholen, ¿quién fue el juguete de quién? Marguerite embelleció la historia porque los recuerdos y el silencio forzoso se le hacían intolerables. Después, cuando reescribió la historia como respuesta a los ataques de que fue víctima y a la película de Jean-Jacques Annaud de la que abominó, el resultado fue una obra más voluminosa, menos poética, más cruda. O al menos es como la recuerdo de cuando la leí poco tiempo después de la primera. También quiero releerla, necesito ver que estos veinte años no han pasado en vano.

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2013 in review

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Panorama desolador

Te deja un poso algo triste visitar algunas tiendas la tarde del último día del año. Algunas, pocas, cerradas de puente (hoy es lunes). Otras, que cerrarán pronto como todos los 31 de diciembre desde que tengo memoria, han abierto sorprendentemente tarde, cuando uno podría suponer que intentarían arrancar algunas ventas abriendo al mediodía para compensar el cierre temprano. Pensaba pasar por alguna de esas tiendas de camino a casa pero las he encontrado cerradas y he tenido que hacer tiempo hasta pasadas las cinco. De nuevo en la calle, a pesar del ajetreo humano a mi alrededor, no he podido alejar esa desagradable sensación de desolación que me han causado las tiendas, a pesar de la gente que iba y venía, vacías y poco iluminadas. Cuando digo “vacías” no me refiero solo a que no tuvieran clientes, sino que también se veían escasas de género. Se entiende en el caso de tiendas con productos perecederos, pero, ¿y en las de regalos? Pues lo mismo: pocas cosas,  y repetitivas, como si el dueño apostase por ventas más “seguras” y dejase la variedad para mejores épocas económicas. El colmo ha sido en la tienda de electrodomésticos Miró, que ostentaba grandes carteles comunicando unos importantes descuentos “por sobrestock”. He entrado pensando que quizá podría encontrar algo interesante y he salido algo frustrada: tenía ganas de gastar dinero y la tienda estaba que daba pena (es curioso lo que entienden por “sobrestock”), con muchas cajas (vacías) para hacer bulto, un montón de lavadoras que nadie iba a comprar, algunos emisores térmicos que parecían más parte del mobiliario, a modo de atrezzo, que objetos realmente a la venta, alguna plancha, algún microondas antediluviano y una vitrina que protegía de ladrones un par de almohadillas eléctricas cervicales, algún calefactor… curiosamente, ninguna vitrina protegía las tarjetas de memoria ni los pendrives, y casi daban ganas de agarrar un par de ellos y metérselos en el bolsillo como compensación por la desolación sufrida. Amén de la iluminación deprimente.

Los comercios antiguos adolecen de muy mala iluminación, generalmente; se puede entender e incluso forma parte de su esencia: antiguos bares, colmados y bodegas en los que uno entra sin saber lo que va a encontrar dentro porque la única iluminación que hay es una pobre bombilla de 20 watios colgada de un cable en un techo altísimo amarillento. Sin embargo, hay comercios nuevos que les van a la zaga: establecimientos regentados por chinos, por ejemplo, ya sean todo-a-cien o cafeterías (de momento las tiendas de ropa las tienen con bastante buena iluminación, supongo que porque se dan cuenta de que si uno se tiene que imaginar puesta esa ropa en la penumbra del local se le quitan las ganas). Aunque también ganan terreno los autóctonos: tiendas de electrodomésticos, panaderías de mala muerte que no lo serían si en vez de una miserable bombilla de 20 watios tuvieran una buena luz, tiendas de regalos de luz amarillenta y espesa que te hacen sentir claustrofobia, zapaterías, librerías/papelerías de barrio asfixiantes… El colmo es levantar la vista yendo por la calle y que los ojos se posen en el interior amarillento y oscuro del domicilio de un particular a través de la ventana abierta o con la cortina descorrida. Totalmente deprimente; así no hay quien salga a la calle con ganas de ver ni de comprar nada.

Señores: ya sé que hay crisis y que la luz es cara, cada vez más (qué me van a contar); pero convertir sus locales y tiendas en tugurios de mala muerte no va a ayudarles precisamente en las ventas.  ¿Son capaces de entender esto? Quiero LUZ, quiero VER lo que ofrecen, quiero VARIEDAD, quiero que pongan los PRECIOS en los productos de forma clara y evidente en vez de disuadirme de comprar nada si me tengo que cascar una cola para preguntar una serie de precios porque en toda la tienda (que está, recordemos, casi vacía) tienen la desfachatez de tener los aparatos por ahí “tirados” o “dejados” o “amontonados” sin que no haya pistas sobre su precio. ¿Qué pretenden, que te casques la cola, o la espera mientras ellos están a lo suyo, y luego hacer la venta del año? Pues no señores, si me tengo que esperar para únicamente saber un precio ME VOY. Me cascaré las colas que haga falta cuando de forma rápida y sencilla haya podido obtener la información básica del producto que me despierte el interés por saber más o directamente comprarlo.

¿Cómo narices se va a levantar así el país? Ni en mil años se levanta esto con esta actitud tacañona y avara (no luz, no información, no productos que vender).

Feliz 2013

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2012 in review

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The new Boeing 787 Dreamliner can carry about 250 passengers. This blog was viewed about 1.600 times in 2012. If it were a Dreamliner, it would take about 6 trips to carry that many people.

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